
Misiones se acerca al millón y medio de habitantes, pero su estructura económica sigue anclada en un modelo productivo pensado para una provincia mucho más pequeña. Este desajuste no es coyuntural ni ideológico: es estructural.
La matriz productiva misionera continúa dependiendo de actividades primarias tradicionales —yerba mate, té, tabaco y forestoindustria, algo de mandioca y no muchos más; en cuanto a la ganadería, unas 300 mil cabezas. El cuadro lo completa el turismo, que tiene un gran potencial, un poco más desarrollado en Puerto Iguazú (a pesar de la crónica falta de infraestructura eléctrica, de agua y saneamiento), muy lejos de su vecina Foz de Iguazú, y poco y nada en el resto de la provincia.
Todas estas actividades enfrentan límites claros. Crisis de precios, concentración, bajo valor agregado, escaso encadenamiento industrial y falta de infraestructura hacen que este ecosistema productivo provincial ya no genere el empleo ni los ingresos necesarios para sostener a una población creciente: alcanza para pocos y empobrecidos.
No se trata de cuestionar al productor ni al trabajo rural. El problema no es quién produce, sino qué estructura económica se ha construido alrededor de esa producción. Una economía que no agrega valor termina expulsando, aun cuando produzca.
La comparación con el estado brasileño de Santa Catarina es inevitable. Allí, con unidades productivas chicas y medianas, similares a las misioneras, se desarrolló un complejo agroindustrial basado en el maíz. Ese grano no se exporta sin procesar: se transforma en proteína animal, en industria alimentaria, en empleo y en exportaciones con valor agregado.
El resultado es visible: mayores ingresos, más trabajo local y mejor calidad de vida. No es una cuestión cultural ni geográfica; es una decisión estratégica sostenida en el tiempo.
Misiones, además, cuenta con un recurso clave que no puede seguir fuera del debate: la energía. Una provincia chica, con vocación industrial, necesita energía abundante y competitiva. Bendecida por dos grandes ríos, Misiones debería discutir seriamente su potencial hidroeléctrico, incluyendo proyectos largamente estudiados como Corpus–Pindoí.
No explotar la hidroelectricidad en Misiones es como que los jujeños no exploten el litio, los neuquinos el petróleo y el gas de Vaca Muerta o las provincias marítimas sus recursos pesqueros.
Sin energía no hay industria. Sin industria no hay empleo. Y sin empleo, no hay futuro.
Misiones no necesita más administración del presente. Necesita discutir, con madurez y sin prejuicios, cómo transformar su matriz productiva para contener a su población y evitar la diáspora de los jóvenes.
Javier Mela
Abogado, diputado provincial (mandato cumplido)